martes, 17 de febrero de 2009

Robinsoe Crusoe robó a los niños.

Más allá del terrible hecho de arrancar a una madre a sus hijos, lease bajo el prisma de la etiqueta Otros Mundos.

Los dos niños, convertidos ya en adolescentes, casi en hombres, vieron a su madre por primera vez en 10 años la noche del sábado pasado. Nadie excepto ellos saben si se reconocieron a la primera. Shahiyena, el mayor, tenía ocho años cuando dejó de verla; Okwai, siete. Ahora tienen 18 y 17. Una tarde de 1998, su padre, Xavier Martin, un individuo alto, licenciado en Ciencias Naturales, de pelo largo, defensor a ultranza de la vida en la naturaleza, no se los devolvió a su madre después de pasar las navidades con ellos como estipulaba su acuerdo de padres divorciados. Se los llevó, les cambió el nombre, la identidad y con ellos recorrió media Francia en un carromato tirado por un caballo. En 1995 se instaló en una cabaña en un bosque de hayas, cerca del pueblo pirenaico de Massat, en la provincia de Ariège. Hasta el sábado de la semana pasada.

Mientras tanto, la madre les buscaba. Hizo empapelar Francia de carteles en los que aparecía el padre con una chaqueta de lana deformada por el tiempo, su barba de neohippy, vaqueros, botas de agua y mirada ladeada. La foto de abajo era para dos niños sonrientes.

En la cabaña de Assat, cedida por un turista alemán a cambio de mantener el lugar cuidado, padre e hijos llevaron una suerte de existencia autárquica. La electricidad la obtenían de paneles solares. El agua, de una fuente. No había carretera cerca. Tan sólo viviendas ocupadas por personas partidarias como él de dar la espalda al consumismo. El padre criaba cerdos, corderos, conejos, ocas y especies raras. Jamás pidió una subvención. Vivió por sus medios y educó a sus hijos en la misma filosofía. En los mercadillos de los pueblos todos le conocían por Michel Dusesne. Sus dos hijos siempre creyeron que la madre les había abandonado a los tres.

A su manera, Martin ha sido un buen padre, según los vecinos. No mandó a sus hijos a la escuela, él mismo se ocupó de instruirlos. No lo debió hacer muy mal, según los testimonios. “Son chicos responsables, educados, correctos, siempre con una sonrisa, con las mismas preocupaciones que cualquier chaval de por aquí”, decía un habitante de Massat a la prensa local.

Hace unos días, un habitante del pueblo descubrió el parecido entre uno de los niños de un viejo cartel y uno de los adolescentes de la casa del monte. O lo había descubierto ya y decidió denunciarlo entonces. Shahiyena, el mayor, a pesar de los 10 años transcurridos, seguía teniendo la misma cara de la foto.

La policía acudió al bosque de hayas y encarceló al padre, acusado de sustracción de menores. Los hijos estaban en Córcega, recolectando aceitunas. Pero regresaron para citarse, la tarde del sábado, con su madre. Después ambos aseguraron que preferían volver a la cabaña.

Hace dos días, un periodista de Le Parisien habló un minuto con Shahiyena. Le dijo esto: “A nuestra madre no la conocemos. Todavía no. A nuestro padre le debemos todo. Él nos ha enseñado la vida verdadera”.

ANTONIO JIMÉNEZ BARCA - El País - 08/02/2009

1 comentario:

Lilith, la Eternamente Libre... dijo...

Hola, que desgracia, para el tipo, la mujer y los hijos, en México eso es algo muy común que los maridos se lleven a los hijos (aquí no es delito) incluso que los saquen del país, egoísmo, venganza, y los que acaban pagando el pato son los hijos.EL acabo en el bote, la mujer sufrió cabrón, y los hijos han de estar bien sacados de pedo, que pinche desgracia.

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